Cuando Freddie Mercury se sentó al piano y tocó los primeros acordes de Bohemian Rhapsody, nadie en Queen imaginaba que estaban a punto de crear la canción más audaz y exitosa de su carrera.
La pieza, incluida en el álbum A Night at the Opera de 1975, surgió de la mente inquieta del vocalista como un rompecabezas de tres partes completamente distintas: un comienzo baladístico al piano, una sección operística delirante y un final explosivo de rock.
La idea llevaba años gestándose. Mercury había esbozado un fragmento inicial en los años 60, conocido internamente como The Cowboy Song. Pero el corazón de la canción era la parte central, esa ópera rocambolesca llena de “Galileos”, “Scaramouches” y voces superpuestas.
Según el productor Roy Thomas Baker, Freddie tocó el inicio en el estudio, se detuvo de golpe y anunció: “Aquí es donde entra la sección de ópera”. Luego, todos salieron a cenar. La estructura completa ya existía en su cabeza.
Grabar la pista resultó un desafío titánico. La sección operística tardó seis o siete días y decenas de overdubs. Las cintas quedaron tan gastadas que casi eran transparentes. Brian May recordaba que Mercury sabía exactamente lo que quería y no le importaba si lo criticaban. “Era un showman instintivo y sin miedo”, dijo el guitarrista años después.
La discográfica EMI dudaba. Una canción de casi seis minutos con ópera en medio no encajaba en el formato radiofónico de tres minutos. “Por supuesto que la pondrán, querido. Va a ser jodidamente enorme”, respondió Freddie con su habitual confianza. El DJ Kenny Everett la pinchó catorce veces en un solo fin de semana y el público enloqueció. Bohemian Rhapsody se convirtió en número uno en Navidad de 1975 y permaneció nueve semanas en lo más alto de las listas británicas, un récord en su momento.
Décadas después, la canción volvió a la cima en 1991 tras la muerte de Mercury y se inmortalizó en la escena del coche de Wayne’s World. Hoy sigue siendo el himno definitivo de Queen: una fusión imposible de balada, ópera y heavy rock que nadie ha igualado. Freddie no solo compuso un éxito; creó un momento cultural que sigue emocionando a generaciones enteras. Su cerebro febril nos regaló algo que trasciende el rock: una obra de arte sin límites.