En febrero de 1984, Queen lanzó «The Works», uno de sus álbumes más ambiciosos. De él salió “I Want to Break Free”, compuesta por el bajista John Deacon como segundo sencillo.
La canción de Queen se convirtió rápidamente en un éxito: número 3 en el Reino Unido, número 1 en Austria, Bélgica y Países Bajos. Sin embargo, en Estados Unidos apenas alcanzó el puesto 45 del Billboard Hot 100. La razón principal de este fracaso no fue la música, sino su videoclip.
Dirigido por David Mallett, el video mezclaba secuencias de ballet con una parodia doméstica inspirada en la soap opera británica «Coronation Street». Los cuatro miembros de Queen aparecían vestidos de mujer: Brian May con rulos y bata de casa, John Deacon como una anciana leyendo el periódico, Roger Taylor de colegiala y Freddie Mercury como la glamurosa “Bet Lynch”, con suéter ajustado, pechos falsos, falda de PVC, medias y su famoso bigote, mientras pasaba la aspiradora y quitaba el polvo.
En el Reino Unido, donde la tradición del travestismo es habitual en la pantomima y la comedia televisiva, el clip se recibió con carcajadas. En cambio, en Estados Unidos generó rechazo inmediato. Brian May recordó años después: “Las caras de la gente se ponían cenicientas y decían: ‘No podemos poner esto, parece homosexual’”. Muchas emisoras se negaron a emitirlo, lo que hundió las ventas del sencillo y dañó temporalmente la imagen de la banda en ese mercado.
La polémica llegó incluso al escenario. En el festival Rock in Rio de enero de 1985, ante 350.000 personas, Freddie Mercury salió con peluca y pechos falsos para interpretar la canción. El público sudamericano, que consideraba el tema un himno político contra las dictaduras, reaccionó lanzando piedras y latas. Solo cuando Mercury se quitó el disfraz, la multitud se calmó y el concierto continuó como uno de los más grandes de la historia de Queen.
A pesar de los escándalos, “I Want to Break Free” sigue siendo un himno universal de liberación. Su video, lejos de ser un error, se convirtió en un símbolo de la valentía artística de la banda y de cómo el humor británico chocó frontalmente con la moral estadounidense de los años ochenta. Hoy, más de cuarenta años después, sigue sonando tan fresco y liberador como el primer día.