Mary Austin y Freddie Mercury mantuvieron una relación sentimental y convivieron durante cuatro años.
Ella se enamoró de él porque lo consideraba diferente, más creativo e interesante que el resto. Disfrutaba especialmente cuando él explicaba por qué le gustaba tanto la película Cabaret, que veía una y otra vez.
Tiempo después Austin vio un vestido que le pareció ideal para una boda. Le preguntó a Mercury si valía la pena comprarlo. Él la miró y negó con la cabeza. En ese momento ella comprendió que no habría matrimonio y que ya no viajaban en la misma dirección.
Luego llegó la conversación directa. Mercury le confesó con dificultad que pensaba ser bisexual. Austin le respondió que no, que ella creía que era gay. Él no discutió. Para ella no fue un golpe doloroso, sino un alivio enorme, porque ya dudaba de su futuro en común.
A partir de entonces Austin dejó de ser su novia y se convirtió en su amiga cercana y asistente personal. La relación mejoró. Antes pesaba seis kilos y medio y vivía muy estresada. Después se relajó. Aunque él era su jefe, nunca la trató como empleada y se decían las verdades.
Una vez Mercury le dijo que era ineficiente. Ella estuvo de acuerdo. Esa honestidad marcó el vínculo que mantuvieron hasta el final de la vida del cantante.