En el verano de 1980, Queen se encontraba en un momento de transición creativa.
Tras años de épicos operísticos y himnos de estadio, el grupo decidió explorar nuevos territorios sonoros durante las sesiones de su octavo álbum, The Game. Fue entonces cuando John Deacon, el bajista habitualmente reservado, llegó al estudio con un riff de bajo funk que cambiaría para siempre la trayectoria de la banda. Aquella idea se convertiría en “Another One Bites The Dust”, el single más vendido de la historia de Queen y uno de los temas que consolidó su legado global.
Deacon había concebido el groove meses atrás, durante las grabaciones en los estudios Power Station de Nueva York. Allí había quedado fascinado por “Good Times” de Chic, un clásico del disco que lo inspiró a imaginar una canción bailable, pegadiza y distinta a todo lo que Queen había hecho hasta entonces. Al principio, solo tenía el riff y la melodía principal; sin embargo, intuía su potencial como pista para la pista de baile. Lo que no imaginaba era que su creación generaría un intenso debate interno en la banda.
Roger Taylor, el baterista, fue el más escéptico. Para él, aquel sonido funky no encajaba con la esencia rockera del grupo. “Esto no es rock and roll”, llegó a protestar, visiblemente molesto por el nuevo rumbo que tomaba la formación. Brian May, por su parte, recordaría años después aquellas sesiones como momentos de tensión donde las ideas chocaban frontalmente. En medio de la incertidumbre, surgió la figura que siempre actuaba como pegamento del cuarteto: Freddie Mercury.

Ojo de Mercury
Con su instinto infalible para detectar un hit, Mercury vio de inmediato el potencial del tema. En lugar de sumarse a las dudas, decidió tomar las riendas. Dirigiéndose directamente a Taylor, pronunció una frase que se ha vuelto legendaria:
“Cariño, déjamelo a mí; yo creo en esto”.
Con esa simple declaración, Freddie no solo calmó los ánimos, sino que se involucró personalmente en la producción. Se encargó de que la canción sonara exactamente como Deacon la había soñado. Cantó con tal intensidad que, según los testigos, parecía estar “cantando hasta sangrar”. Su voz, precisa y llena de groove, fue clave para que el bajo funky brillara y el tema adquiriera esa urgencia contagiosa.
El apoyo de Mercury resultó decisivo
La banda terminó grabando el tema y, aunque inicialmente no estaba previsto como single, un encuentro fortuito aceleró su lanzamiento. Durante una actuación en el Forum de Los Ángeles, Michael Jackson se acercó al grupo y les insistió: tenían que sacar “Another One Bites The Dust” como sencillo. Taylor, aún reticente, no le hizo mucho caso en ese momento. Sin embargo, las emisoras de radio dirigidas al público afroamericano de Nueva York y Detroit comenzaron a pincharla sin parar. El boca a oreja fue tan poderoso que el tema se disparó en las listas.
El resultado superó todas las expectativas. “Another One Bites the Dust” vendió más de cuatro millones de copias solo en Estados Unidos y se convirtió en el single más exitoso de Queen. Durante un breve pero glorioso instante, la banda se sintió la más grande del mundo. Brian May lo resumiría así: “En ese momento nos convertimos en la banda más grande del planeta”. El tema no solo marcó un cambio de sonido hacia lo bailable, sino que demostró la capacidad de Queen para reinventarse sin perder su identidad.
Hoy, más de cuatro décadas después, “Another One Bites The Dust” sigue sonando en estadios, radios y playlists de todo el mundo. Y detrás de su triunfo se esconde una historia de confianza, liderazgo y visión. Porque cuando la banda dudaba, Freddie Mercury no solo creyó en la canción: creyó en sus compañeros y en el futuro que aún les esperaba. Con esa frase sencilla pero poderosa, “Cariño, déjamelo a mí”, demostró una vez más por qué era el alma y el motor creativo de Queen.