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Cuando Queen cambió la historia del rock


Hace 32 años se celebró Live Aid. Para muchos, el incendiario concierto de Queen es la mejor actuación de todos los tiempos.



13 JULIO 2017 REDACCIÓN

Todavía no había caído la noche en Londres. Emergieron desde un lado del escenario, con urgencia, conscientes de que tenían poco más de 15 minutos. Brian May y Freddie Mercury, los jefes, al frente, los dos con sus Adidas blancas con las tres rayas negras. Freddie con unos tejanos decolorados Wrangler subidos casi hasta el ombligo y su estrechísima camiseta de tirantes blanca, lo que estilizaba su todavía fibrosa figura, esa que el sida consumiría años después. Tenía 38 años aquella tarde-noche de hace tres décadas.

Cuando alcanza el borde del escenario, mueve el brazo para agitar a los 74.000 espectadores que abarrotan Wembley. Se sienta al piano, toca unas notas breves de calentamiento y ataca la melodía de Bohemian rhapsody. El público estalla. Cuando comienza a cantar y se hincha su vena del cuello parece que lleva una hora en el escenario y está interpretando los bises. Pero no, el concierto acaba de comenzar. Se empezaban a cimentar unos de los minutos más decisivos de la historia de rock sobre un escenario.

Posiblemente ningún otro concierto, ni disco, película o serie de televisión resumió mejor lo que fueron los ochenta que Live Aid, el evento musical que se celebró el 13 de julio de 1985, hace ahora 32 años, para combatir el hambre en Etiopía. En la década del glamour de las estrellas del pop, allí estaban todas. En los años del culto a lo excesivo, nada hubo más grande: dos macroconciertos simultáneos en Londres y Filadelfia, en enormes recintos deportivos, transmitido en 72 países y con una audiencia de 1.500 millones de espectadores (según The New York Times; 1.900 millones según la CNN) en directo por televisión. De aquel derroche de medios no es extraño que saliera la que muchos consideran la mejor actuación de la historia; y la protagonizó Queen.

Veteranos de los setenta
A mediados de los ochenta, Queen eran unos supervivientes de la década anterior. Estaban en forma: en 1984 habían publicado The works, un disco que contenía dos temas que se han convertido en clásicos ochenteros, Radio ga ga y I want to break free, cuyo hilarante vídeo hizo estragos en MTV, y el bombazo rockero Hammer to fall. Aun así, la imagen de grupo teatral con elementos operísticos que les había hecho famosos en los setenta estaba un tanto desdibujada (su primer disco es de 1973). Lo último que podían esperar los 74.000 espectadores que acudieron al estadio londinense de Wembley (entre los que estaban Lady Di y el Príncipe Carlos), ansiosos ante la anunciada reunión de los Who o la aparición de Paul McCartney, era que la actuación más destacada corriese a cargo de Freddie Mercury y los suyos.

La noche de Freddie
Freddie Mercury se lució. Lejos de comparecer con aires de divo, Mercury (Zanzíbar, 1946) adopta un aire relajado y simpático, dando afectadas zancadas por el escenario, interactuando con las ubicuas cámaras (llega a abrazar a un ayudante) sin por ello dejar de transmitir una actitud potente, rockera, armado con su característico micrófono-bastón. Parece que está por todas partes: sentado al piano, adoptando poses aquí y allá, cogiendo una guitarra o bajando un peldaño para alentar al público. Y todo con pasmosa naturalidad, como si lo de cantar delante de esa multimillonaria audiencia televisiva fuera algo que hiciese todos los días.

Mercury se ganó al público sin necesidad de soltar speech alguno (el tiempo estaba medido); todo lo más, entabla con los espectadores un juego de cánticos a capella (con giros un tanto surrealistas) y les ofrece uno de los temas: “Esta canción está solo dedicada a la gente maravillosa que está aquí esta noche. O sea, a todos vosotros. Gracias por venir y darnos esta gran ocasión“, dice a modo de introducción de Crazy Little Thing Called Love.

Hasta su indumentaria ha quedado como icono de la moda rock star. “Lo que más me gustó fue ver al público sintiéndose parte del show. Cuando cantaba, era increíble”, dijo Freddie Mercury en un documental poco después. “Era el escenario perfecto para Freddie: el mundo entero”, declaró el impulsor del concierto, Bob Geldof, en el libro Freddie Mercury: the definitive biography.

Veinte minutos de delirio
Pero no solo fue la avasalladora presencia de Mercury lo que hizo que su actuación pasara a la posteridad. Los 20 minutos que Queen tomaron el escenario (estaba estipulado un máximo de 18 por banda) fueron la sinopsis perfecta de un concierto de rock: baladas, ráfagas cañeras, cánticos para corear. En ese espacio de tiempo Queen interpretaron seis temas: comenzaron con un fragmento de Bohemian rhapsody que enlazaron con sus dos éxitos más recientes, Radio ga ga y Hammer to fall. Entonces Mercury se colgó una guitarra y recuperó ese tema que suena a viejo rock and roll, Crazy little thing called love. Como remate, sus dos himnos: We will rock you y We are the champions. Efectivamente, habían sido los campeones. Mientras algunas viejas glorias se habían juntado sin ensayar, Queen dedicaron una semana entera a preparar la actuación en el teatro Shaw, de Londres, según cuenta el asistente personal de Mercury, Peter Phoebe Freestone, en la biografía del cantante. “Nadie se lo había preparado, excepto Queen”, comenta Pete Smith, coordinador del concierto, en el mismo libro.

Cónclave de estrellas
Evidentemente nada de esto habría trascendido si no se hubiera tratado de un concierto de ese calibre. Festivales benéficos se habían organizado en el pasado (la referencia a Woodstock fue constante en aquellos días), pero ninguno parecido a este. Live Aid era una enciclopedia viviente del rock, desde las leyendas que habían empezado en los sesenta (Paul McCartney, Mick Jagger, Led Zeppetin, Bob Dylan, Joan Baez, los Beach Boys, los Who, Neil Young) a las rutilantes figuras de los ochenta, de Madonna a U2. Y como es natural, con semejante cantidad de ídolos por metro cuadrado, Live Aid deparó anécdotas impagables.

Se dice que el propio Mercury, que había acudido con su novio, el peluquero Jim Hutton, acorraló a Bono en un pasillo del backstage y le tiró los tejos preguntándole picarón: “¿Se dice Bóno o Bonó?”. Algunos músicos accedieron a Wembley en helicóptero, que aterrizaba en un campo de críquet aledaño donde dio la casualidad de que se estaba celebrando una boda. El cabreo del padre de la novia solo pudo aplacarlo un diplomático David Bowie, accediendo a fotografiarse con la comitiva nupcial. A un lado del escenario, visible solo para los músicos, había un semáforo de tráfico que controlaba la duración de su performance. Cuando pasaban de los 18 minutos acordados se ponía en ámbar.

El legado
Live Aid,que según la BBC recaudó 30 millones de libras (42 millones de euros), cambió la cara del rock. Los conciertos solidarios se sucedieron desde entonces, entre ellos el que celebró la caída del muro de Berlín en 1990, o el homenaje a Freddie Mercury en 1992, con un notable elenco de artistas que recaudaron fondos contra el sida. De los creadores de Live Aid, llegó en 2005 Live 8, con el objetivo de llamar la atención a los líderes del G8 sobre el hambre en los países en vías de desarrollo. Queen, de nuevo en la cima, grabaron otros tres grandes discos (A Kind Of Magic, de 1986, The Miracle, de 1989, e Innuendo, de 1991), a pesar de que en 1987 a Freddie Mercury le fue diagnosticado sida. Aunque lo negaba, poco a poco se fue apartando del ojo público. El 23 de noviembre de 1991 lanzó un comunicado admitiendo que padecía la enfermedad. Al día siguiente falleció.

 


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